Para quién es esto (y para quién no, que es lo que importa)

Casi nadie pregunta para quién no es algo. Esa es la pregunta que ahorra dinero, tiempo y alguna lesión.

El caso de Marta, en el barrio Vidal

Marta Benito tiene cuarenta y tres años, trabaja en la cafetería de la Facultad de Psicología y vive en el barrio Vidal, a diez minutos andando de la Avenida de los Cipreses, y empezó hace catorce meses con un grupo de running que sale los martes y los jueves a las siete y cuarto de la tarde desde la rotonda de la Plaza de Toros, después de dos años sin moverse, con una fascitis plantar que arrastraba desde unas vacaciones en Cádiz y con la idea, bastante extendida, de que para correr había que aguantar. Lo que le encajó no fue un plan de entrenamiento.

Fue el grupo. Doce personas, edades entre treinta y ocho y sesenta y uno, ritmos de seis minutos veinte a siete y medio por kilómetro, sin nadie mirando el reloj y sin nadie preguntando cuánto llevas.

—Yo llegué pensando que iba a ser la última de todos y resulta que éramos cinco las que íbamos al mismo ritmo —cuenta Marta—. Eso fue todo. No hubo más secreto.

Pagó noventa euros por el trimestre completo, material incluido, y sigue yendo: en catorce meses ha corrido la media de la San Silvestre Salmantina, terminó en dos horas y once minutos, y no ha vuelto a tener molestias en el pie porque alguien le dijo, en la segunda semana, que cambiara las zapatillas y que dejara de correr en cuesta abajo. Quien venga buscando una marca personal, un plan periodizado con series de mil y control de lactato, o alguien que le corrija la zancada con vídeo, esto no es para él. No hay entrenador individual. No hay objetivos de tiempo. Y si lo que quiere es competir en un club federado con licencia y campeonatos autonómicos, aquí va a perder el trimestre entero.

Los críos del San José y el pabellón de la plaza

El segundo caso es más de equipos y menos de personas.

El Club Baloncesto San José, en el barrio de la Prosperidad, tiene tres equipos de benjamín y alevín que entrenan en el pabellón municipal de la calle Mar Tirreno, un pabellón de los años ochenta con una cubierta que gotea cuando llueve fuerte, dos canastas sin revisar desde hace siete años y una directiva, con el presidente Javier Nieto al frente, que venía de una temporada con dieciocho fichas benjamines y una tesorería de mil cuatrocientos veinte euros. Lo que necesitaban era gente que sostuviera el sábado por la mañana, no un proyecto deportivo. Aquí el encaje tiene otro perfil: padres y madres que puedan estar dos horas los sábados, que no tengan que desplazarse más de veinte minutos y que no pretendan que su hijo juegue treinta minutos por partido.

—Nosotros no prometemos minutos, prometemos que el crío va a jugar —dice Nieto—. Y eso hay familias a las que no les vale, y lo entiendo, pero es lo que hay con dieciocho fichas.

El programa funciona con cuarenta y siete euros al mes, descuento del veinte por ciento para hermanos y una cuota anual de veintidós euros que cubre el seguro deportivo, y los desplazamientos a Béjar o a Ciudad Rodrigo los hace el club en dos furgonetas cedidas por una empresa del Polígono de los Villares, de modo que el calendario no depende del resultado del domingo ni de que alguien tenga coche.

Esto no es una cantera de alto rendimiento. No hay becas, no hay captación, no hay ojeadores. Un padre que venga a preguntar por la posibilidad de que su hijo de once años entre en un programa de tecnificación de la Federación de Castilla y León se va a llevar un no. Y si lo que quiere es un club que compita en liga autonómica con desplazamientos a Valladolid y a Burgos cada quince días, tampoco: el San José juega en ligas provinciales y ahí se queda.

La gente que viene del gimnasio y no lo sabe

Hay un tercer grupo que llega por una vía distinta y que suele durar poco: personas que vienen de un gimnasio de la zona centro o de la Avenida de Portugal, con cuota mensual de entre treinta y nueve y cincuenta y cinco euros, y que se apuntan a cualquier cosa que se mueva. Javier Escudero, técnico deportivo municipal en el área de Deportes del Ayuntamiento de Salamanca, lleva once años viendo entrar y salir a este perfil.

—Vienen en septiembre, duran hasta noviembre, y en febrero ya no están —resume—. No es un problema de la actividad, es un problema de expectativa.

Esperan una progresión lineal y rápida. Esperan resultados visibles en tres semanas. Esperan que la parte social venga incluida sin tener que hablar con nadie. Nada de eso pasa aquí, ni en el running de los martes, ni en el baloncesto benjamín, ni en las escuelas deportivas municipales que arrancan cada octubre con listas de espera en cuatro distritos. A ese perfil le conviene más un centro con horario libre y máquinas. No hay nada malo en reconocerlo.

El tercer no es el más incómodo de escribir: esto no es un servicio de rehabilitación, no es un programa para recuperarse de una lesión ni para tratar una hernia discal ni para volver de una operación de rodilla, y si alguien llega con un diagnóstico abierto y sin alta médica deportiva se le va a derivar al centro de salud de referencia, probablemente al de la calle Rosa, y no se le va a dejar entrenar, no por celo administrativo, sino porque el seguro no cubre y el personal no está para eso.

Tampoco es para quien busque una actividad sin compromiso de asistencia: los grupos funcionan con gente que aparece, y si faltas cuatro semanas seguidas el grupo te espera, pero el hueco no se guarda eternamente.

Los números que separan a unos de otros

La cuenta es sencilla y conviene hacerla antes de apuntarse a nada. En el running de los martes y jueves, noventa euros el trimestre son treinta al mes, y con dos sesiones semanales sale a menos de cuatro euros por sesión; en el baloncesto, cuarenta y siete al mes más veintidós al año, con dos entrenamientos y un partido, sale a algo menos de cuatro euros por hora de pista; y las escuelas municipales van por otra vía, con precios que dependen de la renta y que arrancan en doce euros al mes en el caso de familias con menos ingresos.

Quien no pueda asumir esos treinta euros al mes, esto no es para él tal como está montado. No hay becas propias. Hay ayudas municipales, pero llegan tarde, se piden en septiembre y este año el plazo cerró el día diecinueve sin que se ampliara. Quien no pueda comprometer dos tardes fijas a la semana, tampoco. Y quien no pueda aceptar que va a haber semanas malas y que nadie le va a llevar la cuenta de los kilómetros, menos todavía.

El resto, que es bastante gente, tiene sitio. Los grupos no se llenan porque haya una campaña detrás, se llenan porque alguien se lo dice a alguien. Así llegó Marta. Así llegaron nueve de las doce personas que hoy corren los martes desde la Plaza de Toros.